A Consuelo le mataron a esperanza, pero no enterrerán sus ganas de vivir

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A mi hija le gustaba el estudio, era alegre, muy cariñosa, tenía el cabello rubio y crespo; ojos verdes, piel blanca, no era muy alta  pero, pero era bien parada mi monita” tal vez la belleza fue su mala suerte. Después que le celebré los quince años, se matriculó para estudiar en Cartagena del Chairá. Yo la apoyaba, era la mayor de mis tres hijos,  tenía que esforzarme mucho para que ella pudiera viajar cada ocho días a estudiar. A mí no me importaba trabajar en las noches. Con ella preparábamos los tamales, empanadas, lo que fuera para reunirle el dinero de los pasajes y la comida. Mi marido me había dejado sola y a mí me tocaba muy verraco para mantener los chinos.

Un domingo yo estaba lavando en el caño, cuando mi comadre llegó corriendo y se me tiró encima llorando -consuelo suspende el relato, sus ojos verdes grandes y expresivos se llenan de lágrimas, suspira, los labios le tiemblan, respira profundo -. ¡Habían matado mi china! dice.

Consuelo se limpia los ojos con las manos untadas de tierra. Tiene 38 años, mide 1,70mts, cuerpo esbelto, al comienzo de este encuentro sonreía con frecuencia, hacía chistes, pero se quedó pensativa, con la mirada lejana y el ceño levemente fruncido. Cuando se limpia la cara, deja ver las uñas largas, bien cuidadas a pesar del trabajo duro y trata de disiparse amarrando las ramas de tomate que se levantan rebeldes  e igual de altas a ella. Después de un instante en que vacila, se sienta en uno de los maderos que forman las eras de la huerta apoyada por Corpomanigua a través del proyecto ECHO 2012. Hace una pausa y continúa contando.

Lo que pasó señor, fue que mi niña Esperanza, apareció muerta  en la orilla del río. La mató la guerrilla, la acusaron de ser novia de un militar, yo no sabía nada y eso es un dolor tremendo. Yo me resistí a creer que a mi hija la hubieran matado así miserablemente, tan joven, tan bonita y  llena de sueños. A Esperanza la enterramos en Santa Fe del Caguán y yo seguí averiguando qué había pasado. Uno de madre no se resigna a perder una hija como la mía, así de puro cuento.

Un día llegó un señor y me dijo “Es mejor que deje eso así, no sea para mayores problemas” A mí me dio mucha rabia y le dije “si me tienen que matar que me maten, pero yo necesito saber porque le pasó eso a mi hija. Yo no creo que con todo el tiempo que llevamos viviendo en este  pueblo, hayamos “sapiado” nada y me merezco que alguien me dé explicaciones del crimen tan atroz que cometieron con mi china”. Al siguiente día le llegó un papelito con amenaza de muerte y le dieron 24 horas para abandonar su tierra.

Llegó en julio de 2012 al casco urbano de Cartagena del Chairá, municipio de historia guerrillera ubicado al norte de departamento del Caquetá.  Buscó apoyo en una familiar, para vivir con sus dos hijos, al mes se dio cuenta que el esposo de su familiar trató de abusar de su otra hija y sin vacilar se unió a una de las invasiones que hay en Cartagena del Chairá. “Con apoyo de otras familias, planté con plástico, tula y madera mi casita y me metí aquí, aunque feíta y hace calor pero no le mendigamos la posada a nadie”.

Cartagena del Chairá es un Municipio al norte del departamento de Caquetá, es un puerto importante sobre el río Caguán. Dista 117 kilómetros de Florencia, capital departamental. En el año 2002 fue territorio incluido en la llamada “Zona de Despeje” que sirvió de escenario para los diálogos de paz con las FARC durante el gobierno de Andrés Pastrana. En los últimos años Cartagena del Chairá es uno de los municipios con mayor índice de desplazamiento forzado, como producto del conflicto armado que se vive en todo el territorio que antes era santuario de la FARC y que ahora es objetivo de los planes militares iniciados en el “Plan Colombia”.

Después de su destierro Consuelo, viajó dos horas en transporte fluvial y llegó al casco urbano para compartir amargamente el hambre, la segregación y el abandono estatal  que viven de cientos de familias. A diario y antes que el sol despierte, se levanta a hacer algo de comer para sus hijos y sale a trabajar como empleada doméstica, por una paga de 150 mil pesos al mes.  En las tardes trabaja lavando y planchando ropa para tratar de completar las necesidades de alimentos, pagar el agua y comprar  una a una las tejas de zinc para techar su casa.

Ahora que participa del Proyecto ECHO 2012, dice que ha tenido doble esfuerzo, “pues plantar una huerta es duro,  la traída de abono es pesado para una de mujer, pero nos pusimos con los chinos y ya casi tenemos tomates y pepinos”. “Ya hemos comido, cilantro, cebolla, acelga,  col y lechuga; nos la estamos comiendo chiquita y hemos comido huevos pericos”. “Ahí vamos, ya matriculé los chinos gracias a que el proyecto ECHO 2012, nos apoyó con los uniformes y útiles escolares para el colegio. Estoy contenta” “Por lo menos las charlas en los círculos de auto cuidado familiar,  nos ayudan a dejar las penas a un lado y hacerle pa´lante, sí, claro siempre hay que trabajar y con el alma rota es más duro”.

A Consuelo al igual que 180 familias que hacen parte del proyecto, reciben alientos, útiles de aseo y de cocina. “Con los mercados que me entregaron, pudimos sobrevivir los tiempos más difíciles como la marcha campesina de octubre del presente año, que fue una semana de mucha necesidad y hambre porque no había nada que hacer y nada abierto para comprar. Con los vecinos del círculo de autocuidado familiar nos colaboramos, cambiamos cosas del mercado  arroz, aceite y completamos con hojitas de la huerta y pensamos que es una bendición tener el proyecto.

Consuelo es una de las muchas mujeres cabeza de hogar que han huido hacia Cartagena del Chairá para proteger a sus hijos e hijas de los rigores del conflicto armado y a ahora viven en uno de los barrios de invasión.  Vivió en carne propia la muerte de su hija, otras madres han sufrido el reclutamiento forzado de sus hijos y aún esperan verlos de nuevo, muchas de ellas no cuentan sus historias por temor, pero comparten el mismo sufrimiento, las mismas necesidades de servicios, sus techos de plástico vuelan a cada rato arrastrados por el viento que producen los helicópteros artillados que perifonean arengas contra las guerrillas de las FARC. Mantienen la zozobra de ser despojados por ser invasores y como dice una señora cuya frase es tristemente célebre “Nadie nos quiere, la guerrilla nos sacó del Caguán, aquí el ejército y la alcaldía nos amenazan con gases lacrimógenos  ¿Entonces donde podemos vivir?

Sin embargo se aferran a la vida, dicen que lo hacen por sus hijos e hijas, pero luchan con fuerza cada día y se las ingenian para traer a casa algo para comer “Pobremente, sin robar ni hacerle mal a nadie, seguimos adelante”, termina diciendo Consuelo.